domingo, 6 de mayo de 2018

Leyendas de la Sierra de Guara: el dolmen de Ibirque



¿Conoces la leyenda del dolmen de Ibirque?

Solo te digo una cosa, si algún día comienza a llover mientras haces camino por la Sierra de Guara no te guarezcas en ningún dolmen, pues guardan secretos que solo son desvelados a sus moradores y que pocos han podido contar...




   Los truenos parecían querer dinamitar la Sierra. Las últimas luces habían desaparecido de las crestas más altas hacía ya un buen rato. La noche era cerrada. La visibilidad era nula y Antonio, aunque conocía el camino, decidió parar. La lluvia golpeaba con fuerza el sediento suelo. Mientras no cesase de caer el agua era una locura continuar a oscuras el ahora resbaladizo sendero que bajaba de Nocito. El refugio más cercano era Ibirque, hacia el oeste, y el de la Abellada, hacia el este. En cuatro zancadas de sus poderosas pierrnas, Antonio se presentó en el montículo donde se ubica aquella construcción milenaria.

Antonio conocía todos los secretos de la Sierra. Sus montes, sus valles, senderos, vaguadas y fuentes, pero no se sentía a gusto cobijado en el dolmen. No obstante, se acomodó lo mejor que supo y por lo menos sintió alivio al verse libre del aguacero que hacía unos momentos caía encima de él. Aunque quería pensar que se iba a encontrar bien en ese refugio, tenía miedo. “¿Miedo yo?”, se dijo, “que tontería”.

De niño jamás se había acercado al dolmen después del atardecer. Incluso en pleno día, nunca se detenía en sus cercanías si andaba solo. En la comarca conocían a aquel dolmen como “la Caseta de la Bruja”, lo cual había dado pie a numerosos cuentos que su abuela le narraba cuando era chico…

Su cuerpo se estremeció con el sonido de un trueno. Cada uno de éstos era anunciado por una tétrica luz que iluminaba todo su alrededor. Notó cómo su corazón latía con más fuerza y con más velocidad. Por su mente pasaron una a una las historias que su abuela le contaba. (…)

(…) Con éstos y otros pensamientos, Antonio se sintió atacado por el sueño. Una cabezada no le iría mal. Además ya era hora de dormir. (…)

(…) Le despertó un trueno que sonó de manera especial. Había dejado de llover y, desde el interior del dolmen, pudo distinguir un cielo estrellado. Iba a incorporarse cuando le pareció oir un murmullo de voces. Antonio se preguntó cómo podría ser que anduviera gente por ahí a aquellas horas. Contuvo la respiración y, sin mover un solo músculo, prestó más atención al rumor. Era una especie de canto… o no lo era. No supo describirlo. Las piernas le empezaron a temblar. Si, si que era un canto. Un extraño canto en el que claramente sonaba su nombre con frecuencia: Antonio, Antonio, Antonio Castán… Unas voces femeninas cantaban suave y monótonamente. Antonio no pudo descifrar más palabras. Ni una sola, excepto su nombre, cuyo sonido parecía quedar flotando en la noche. ¿Quien podría estar allí? Y lo que más le asustaba, ¿quién sabía que él estaba en el dolmen?

No se podía mover. El miedo le atenazaba. Seguía escuchando la misma tonadilla. Estaba empapado y esta vez no era por la lluvia. Vio -siempre desde el interior del dolmen- como unas insólitas luces iluminaban el paisaje. No había luna. Tampoco podía ser una hoguera… Unas extravagantes formas se alargaban hasta tocar el Tozal. Las tenebrosas siluetas bailaban pausadamente. Diríase que el Tozal de Guara se había convertido en el teatro del infierno… La canción seguía sonando cada vez con más claridad. (…)

Antonio decidió que, de una u otra forma, tenía que poner fin a su desesperada situación. El corazón le iba a reventar. Estaba agarrotado ya que el miedo no le dejaba moverse. Muy lentamente comenzó a incorporarse… Nada más asomarse notó como le ardían los ojos. Una extraña luz, sin tener la vivacidad del fuego, penetró hasta sus pupilas y más allá, hasta dejarle sumido en la oscuridad…


A la mañana siguiente, Gregorio, pastor de Ibirque y su hija María, llevaron a pastar el rebaño.
La mañana estaba tranquila. El sol todavía ya calentaba con fuerza. Las cigarras cantaban al verano.
La niña se alejó detrás de un travieso cabritillo y su padre se quedó cuidando al resto de las ovejas. 
De repente un agudo chillido rompió la calma de la Sierra.
Gregorio, el pastor de Ibirque, salió corriendo hacia donde se había oído el grito, llegó sofocado al dolmen, pensando en la presencia de alguna víbora pero lo que ambos vieron fue mucho peor: en el dolmen de Ibirque estaba el cadáver de Antonio... Se encontraba en una posición extraña, como queriendo arañar la roca, pero lo que más le horrorizó fue su cara: tenía una expresión de terror y el lugar en el que deberían haber estado los ojos estaba vacío. Sin pensarlo dos veces se llevó a su hija y salió huyendo de allí.

Cuentan las gentes de Guara, que la última visión que Antonio tuvo fue la siguiente: un círculo fantasmagórico formado por mujeres, todas vestidas de negro, cantando la misteriosa canción en una desconocida lengua para él. En el centro del círculo había una cabeza. La cabeza más horrible que jamás podía haber imaginado. Era de color verde azulado. Tenía cuernos como los del mismísimo diablo y de ella manaba la terrible luz que le había cegado…. 
Cómo no tuvieron conocimiento de lo que el joven vio antes de morir, creo que ni ellos mismos lo saben...

El dolmen de Ibirque. Leyendas de Guara. Javier Catasús Latorre




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